¿Por qué se inicia el camino?
Algunas historias de viaje
LA MUJER FRANCESA
Una vez, en un pequeño bar, conocí a una señora francesa que había vivido largo tiempo en Australia. Caminaba con evidente cojera. Había sufrido un grave accidente y los médicos le habían dicho que ya no podría caminar largas distancias. Pero ella no lo creyó. Decidió emprender el Camino, avanzando lentamente, día tras día, desafiando el dolor y el miedo de no volver a ser la persona que había sido. La encontré en su día 90 de caminata. Nunca se había detenido. No lo dijo abiertamente, pero cada palabra suya revelaba el deseo de sentirse viva nuevamente, de percibir que su cuerpo respondía a su voluntad. Nunca la volví a ver, pero la observé alejarse, paso a paso, con una determinación que aún hoy llevo conmigo.
EL CHICO ITALIANO
Otro día conocí a un hombre distinguido, muy dispuesto a conversar. Hablamos largo tiempo sobre el viaje, sobre su esposa, sobre la vida. Sin embargo, no lograba comprender su razón, el motivo que lo impulsaba a emprender esa experiencia. Hasta el último día en que lo vi, cuando se levantó la manga de su camiseta para mostrarme un tatuaje: Gaucho. "El Camino lo hago por él", me dijo. Su hijo, el hijo que nunca tuvo. Su esposa había abortado años antes y ese dolor casi destruyó su relación. Hoy están bien, pero él necesitaba hacer algo por ese niño al que nunca pudo conocer, nunca pudo abrazar. Me prometió que llegaría hasta el final, que titularía la compostela (el certificado que se recibe en Santiago, al final del camino). Unas semanas después recibí una foto: él, frente a la catedral de Santiago, con una sonrisa serena y un papel en el que estaba escrito el nombre de su hijo.
LA CHICA ESPAÑOLA
Luego estaba ella, una chica española con una sonrisa melancólica. Su novio, con quien llevaba ocho años, la había dejado de improviso. Se sentía perdida, incapaz de imaginar un futuro sin él, sumida en la depresión. Y un día, sin saber nada del Camino, decidió partir. Compró una mochila de Decathlon, un par de zapatos y se puso en marcha. Al principio lo hacía solo para alejarse de todo, pero muy pronto el viaje se convirtió en algo más. Cada paso, cada encuentro, cada noche le hizo entender que su dolor no la definía. Hoy ha escrito un libro, que "no habla de canciones tristes", en el que relata la fuerza transformadora de esta experiencia. El Camino le enseñó que no siempre podemos evitar el dolor, pero sí podemos elegir cómo enfrentarlo y aceptarlo.
EL CHICO COREANO
Otro encuentro que me marcó fue con un chico coreano decidido a recorrer el Camino entrevistando a las personas. Su objetivo era mostrar que la depresión, una plaga social particularmente extendida en Corea del Sur, podía ser enfrentada. Quería demostrar que existen personas que luchan cada día contra la oscuridad y que no están solas. Un día, recién llegado a Santiago, mientras aún estaba tendido recuperando el aliento sobre el histórico suelo de la Praza Obradorio, donde se alza la suntuosa basílica icónica de la ciudad, me pidió que concediera una entrevista. Cansado del viaje, al principio rechacé la propuesta. Él se quedó sentado, mirando la iglesia frente a nosotros. Después de unos minutos, impulsado por la curiosidad, le pregunté el motivo de su iniciativa. Cuando me explicó su proyecto y la importancia que tenía para él, cambié de opinión y participé en la entrevista con entusiasmo, consciente de que su mensaje de esperanza y conexión podía marcar la diferencia.
Estas historias me han cambiado. Me han hecho entender que el Camino es mucho más que un viaje: es una oportunidad para enfrentar los propios miedos, redescubrirse y conectarse con los demás. El camino se puede emprender por las razones más diversas, cada una con su propia dignidad. Estos relatos son solo ejemplos de las personas que decidieron compartir su historia, historias que al final reflejan, en cierto sentido, la historia de cada uno de nosotros.